Su rostro reflejaba la luna, tan blanca esa noche, tan pura, sus labios carmesí, sus manos virginales, su perfume. La luz existente parecía irradiar de su cuerpo, como sol estival que acompaña al atardecer… era poesía hecha mujer… Me miro y entonces creí en Dios... Camino en mi dirección, me paralice, temblé. Mi cuerpo se contrajo, aduciendo que no soportaría tal divinidad. Nos miramos a los ojos y el mundo desapareció, acerco sus labios a mi oído, sentí un cosquilleo. Escuche un precio… y luego me sonrío…
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